La pertenencia puede cuidarnos. También puede convertir el desacuerdo en traición y levantar una frontera entre “los nuestros” y “los otros”.
La final del Mundial 2026 volvió a mostrar hasta qué punto un grupo puede cambiar lo que sentimos y cómo actuamos. En la primera parte de esta serie exploramos por qué necesitamos un “nosotros”: la evolución favoreció la cooperación, el cerebro social nos preparó para los vínculos y el fútbol concentra pertenencia en apenas noventa minutos.
Pero pertenecer no es bueno por definición. Es una fuerza moralmente abierta: puede organizar cuidados o humillaciones, solidaridad o prejuicio. El problema no es sentir intensamente un “nosotros”, sino necesitar un enemigo para mantenerlo unido.
Un estudio analizó los ataques diarios contra personas inmigrantes en Alemania entre 2014 y 2018 y los comparó con los resultados de la selección nacional. En los días inmediatamente posteriores a una derrota encontró un aumento significativo de los ataques; tras una victoria ocurrió lo contrario. El trabajo empleó técnicas cuasiexperimentales y distintas pruebas de robustez, pero sigue refiriéndose a un país y un periodo concretos: no conviene convertirlo en una regla universal (Pinto, 2025).
El marcador no fabrica xenofobia de la nada. Puede modificar el estado de ánimo y activar normas o actitudes que ya circulaban en la sociedad. Por eso una derrota no produce la misma respuesta en todos los lugares ni en todas las personas.
Una multitud tampoco actúa necesariamente de manera irracional. Las conductas colectivas se orientan por normas: a quién se protege, qué se celebra y qué límites no deben cruzarse. El trabajo de Javaloy (1989) ya diferenciaba tipos de público y situaciones, lejos de presentar cualquier concentración como una masa descontrolada.
Pensemos en una grada. Miles de cuerpos cantan, saltan o callan al mismo tiempo y la emoción se sincroniza (Butler et al., 2025). Esa energía puede terminar en un abrazo entre desconocidos o, bajo otras normas, en insultos coreados y en la búsqueda de alguien a quien culpar. No cambia la capacidad de emocionarnos juntos: cambia el guion que el grupo decide seguir.
La misma energía que une a una comunidad puede utilizarse para decidir quién merece quedar fuera.
En internet, esa dinámica encuentra aceleradores. Las redes sociales no son la única causa de la polarización. Intervienen la selección partidista de contenidos, la identidad de grupo, los incentivos de las plataformas y los mensajes que reciben más atención. En conjunto, estos mecanismos pueden amplificar contenidos divisivos (Van Bavel et al., 2021).
Una comunidad se vuelve más manipulable cuando discrepar equivale a traicionar y la atención se alimenta con miedo o indignación. Los discursos más polarizantes suelen ofrecer una explicación sencilla: existe un “ellos” que amenaza a un “nosotros”. El mismo cerebro social que facilita la cooperación también presta atención a las amenazas que parecen dirigirse al grupo (Dunbar & Shultz, 2007).
La pregunta no es si internet creó el tribalismo (no lo hizo), sino qué diseños, recompensas y hábitos favorecen su versión más hostil.
Las redes no inventaron el “ellos contra nosotros”. Pueden hacerlo más rápido, más visible y más repetitivo.
El campo no refleja únicamente la cultura: a veces la discute en público. Un análisis de los debates sobre las selecciones de Alemania y Turquía mostró cómo jugadores con identidades transnacionales pueden cuestionar ideas rígidas sobre quién pertenece a una nación. En torno a figuras como Mesut Özil o Nuri Şahin no se debatía solamente de fútbol, sino también de migración, lealtad e identidad (Metzger & Özvatan, 2020).
El Mundial 2026 ofreció un ejemplo mucho más cercano. El Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia registró 54.771 contenidos de odio y narrativas discriminatorias durante el torneo. El 52 % de los mensajes de odio detectados estaba vinculado al ámbito deportivo. El observatorio destacó los ataques racistas e islamófobos contra Lamine Yamal (incluidos mensajes que cuestionaban que pudiera representar a España) y los comentarios sobre el origen de los jugadores de la selección francesa (OBERAXE, 2026).
Estas cifras proceden de la monitorización del sistema FARO: describen los contenidos detectados y analizados por el observatorio, no todo lo publicado en internet. Aun con esa cautela, muestran cómo un gran acontecimiento puede convertirse en detonante de narrativas que ya estaban disponibles.
La diversidad de una selección puede ampliar la imagen de quién pertenece al país y, al mismo tiempo, abrir conflictos sobre ciudadanía, origen o lealtad. ¿Quién tiene derecho a vestir la camiseta? ¿Quién puede cantar el himno? Esas preguntas no se responden solo en los despachos: reaparecen en la grada, en el bar y en las redes cada vez que alguien decide si un jugador es “de los nuestros”.
El fútbol no inventa esas tensiones. Las pone sobre la mesa, a veces de forma incómoda y a veces de forma reveladora.
No hace falta ser especialista en psicología social para percibir que una comunidad está derivando hacia una trinchera. Algunas preguntas sencillas ayudan a observar el rumbo:
Estas preguntas no exigen respuestas perfectas. Funcionan como un termómetro: si varias respuestas inquietan, conviene prestar atención. También importa observar qué ocurre cuando alguien señala el problema. Una comunidad que cuida puede sentirse incómoda y, aun así, escuchar. Una trinchera necesita desacreditar a quien pregunta.
Necesitamos momentos en los que el “yo” descanse dentro de un “nosotros”: una mesa, una plaza, una grada o un grupo donde alguien entiende. Esa necesidad no nos vuelve débiles ni irracionales. Explica parte de nuestra capacidad para cuidar, aprender y construir cosas que ninguna persona podría sostener sola.
Pero una comunidad sana no pide entregar la conciencia en la puerta. Permite celebrar o llorar juntos sin robarle a nadie su “yo”. Deja espacio para la diferencia, protege a quien llega después y no convierte la pertenencia en un examen de pureza.
Esto importa especialmente en los espacios de acompañamiento: compartir una experiencia puede aliviar, pero el vínculo solo cuida cuando respeta la autonomía, los límites y el derecho a pedir ayuda fuera del grupo.
Quizá esa sea la pregunta que permanece cuando se apagan las pantallas y el estadio se vacía: no si vamos a pertenecer (porque, de un modo u otro, lo haremos), sino qué valores queremos volver contagiosos cuando estemos juntos.
Esta es la segunda parte de la serie sobre pertenencia y comunidad. Puedes leer la primera aquí: De la hoguera a la grada: por qué necesitamos sentir que pertenecemos.